pero ella insiste que mi padre ha cambiado y  ahora  me  quiere,   evi-
               dentemente a  mi  padre  ni  se  le  ve  el  pelo  ni  quiere  saber  nada  del asunto.  La  cosa  estaba  tan  clara  como  que  mi  abuela intentaba  reunir  la  familia,  algo  a todas luces ya inconcebible. Así que fingí que estaba encantado con aquel camión, tren o a lo  que  se  intentase  asemejar  y  con  que  mi  padre  de  repente  me  quisiese,  mi  abuela  se
alegró mucho, pero la realidad continuó siendo la misma, mi padre gritando y amenazando y mi abuela desesperada. Sea como fuere mi abuela hizo un intento surrealista y durante unas horas fué feliz.

Buscaba  mi  abuela  ayuda  a  su  desesperación  en  todos  lados,  se  aficcionó  a  acudir  a tarotistas  y  estafadoras  diversas  hasta  que  yo  decidí  poner  cartas  en  el  asunto  y acompañarla  a  una  de  estas  sesiones,  la  típica  sinvergüenza  que  le  sonsaca  a  mi  abuela todas  sus  preocupaciones  y  luego  finge  leer  exactamente  lo  mismo  en  las  cartas  para finalmente explicarle que la  liberará  de  los  demonios que la acosan, pero claro, el único método  era  que  la  tarotista  de  “gran  corazón”  absorbería  todo  el  mal  para  ayudar  a  mi abuela “altruistamente”, dicho esto y habiendo puesto a mi abuela en un compromiso de deuda de agradecimiento venía la frase “yo no cobro, solo la voluntad”. Y mi abuela aun siendo la típica beata de santos y estampitas pagaba religiosamente. La intenté convencer de toda aquella estafa pero “ni caso”, así que cuando un dia me dijo que iba a comprar un amuleto  para  que  yo  encontrase  novia  le  dije  “perfecto,  tráemelo”  y  al  traérmelo  y explicarme que era una bolsita mágica bendecida por nosecuantos santos que jamás debía abrirse,  la  abrí  y  le  mostré  los  papelitos  que  contenía  con  pentagramas,  cabras  e inscripciones raras entre hierbajos.

No  todo  lo  que  hizo  mi  abuela  fué  tan  correcto,  por  ejemplo  recuerdo  como  yo  no me explicaba que mis tres hermanas estuviesen gordas y yo flaco cual palo de  escoba, máxime cuando una de ellas era la fotocopia viva genéticamente de mi mismo, aunque con el pelo largo, con tetas y sin pito.  Mi abuela tenía la extraña manía de frecuentemente hacernosmcomer  por  separado,  primero  las  niñas  y  luego  el  niño,  yo  estaba  harto  de  verdura  y tomatitos  mientras  que  mi  abuela  decía  “las  vitaminas  son  buenas”,  hasta  que  un  día rebusqué  al  fondo  de  los  estantes  de  la  nevera  y  tras  los  cajones  de  la  cocina  hallando aquellos buenos embutidos y filetes de ternera, filetes que yo jamás había comido en mi vida, y es que le habían explicado a mi abuela que si le daba carne a un chico se volvería violento...  La  perdoné  viendo  el  vivo  ejemplo  de  que  el  único  varón  de  la  casa  era profusamente violento (mi padre) y a sabiendas de que mi abuela era voluble, programable e influenciable con una inocencia que era su perdición.

Después de todo, cuantas niñatadas no me había perdonado ella...

Un día íbamos  en aquel Renault-8  a uno  de  los  chalets donde  veraneábamos, yo  le  había preguntado cientos de veces a mi madrina ¿por qué no te compras un coche nuevo? Y esta me respondía “no sabemos si  mañana nos moriremos, ¿para que tirar  el dinero si este va bien?”; el caso es que un conductor nos golpeó dándose a la fuga, en el coche íbamos mis tres hermanas, mi madrina y yo, yo salí el primero y comencé a decirle a mi abuela “me encuentro  mal”  “estoy  mareado”  mientras  que  la  única  obsesión  de  mi  abuela  era  si  sus niñas  se  habían  hecho  daño alguno,  eso  me dolió mucho;  de  repente  caí  fulminado y  me desmallé.  Lo  siguiente  que  recuerdo  es  despertar  en  un  hospital  donde  supe  que  mis hermanas  estaban  perfectamente  y  yo  había  pasado  largas  horas  inconsciente,  entonces entró un médico a la habitación y preguntó ¿pero donde está el padre y quien es la madre?..
Mi abuela y mi madrina lo apartaron a un rincón y tras unos susurros  el médico me miró
compadecido. No fue hasta pasados los treinta años como he explicado al principio, cuandosupe la historia completa de mi padre y mi madre.
Vaya marrón, me han encargado que escriba algo sobre MI ABUELA, son cosas que prefieres que no lleguen nunca, pues al destapar la caja de los recuerdos sabes que a buen seguro que llegarás a algún punto que hubieras preferido seguir olvidando; y eso duele. Es obvio que al hablar de mi abuela me pasaré mas tiempo hablando sobre mi que de ella misma, por eso me habrán encomendado tal tarea, para conocerme, si no de que iba a ser un psiquiatra el que  me la  encomendó;  y  es  que  mi  abuela  no era  una  abuela  cualquiera, era  MI abuela. Seguro  que  si  escribiera  acerca  de  cualquier  otra  abuela  el  relato  tendría  otro  cariz.  De hecho por eso esto se titula “mi abuela”, si no hablase de mi mismo se titularía “la abuela”.

Generalmente al escribir algo sobre nuestra vida pasada muchas veces pensamos “no, esto mejor no lo escribo, dirán que me lo he inventado o “flipo”, no obstante a estas alturas me importa  bien  poco  lo  que  piense  la  gente,  las  cosas  fueron  asi  y  probablemente  yo  que supongo  tener  una  vida  tan  especial  con  eventos  curiosísimos  luego  resultará  que  es  mas bien común y cosas como esas le han sucedido a todo el mundo, pero claro, yo las veo como especiales o inusuales al desconocer las vidas de otros.

Mi abuela era baja, gorda y fea, siempre llevaba aquel vestido que parecía un saco negrocon un estampado de flores gigantes y se presupone que era hecho a medida, supongo que por  algún  alfarero  por  aquello  de  tenerle  tomadas  las  medidas  al  botijo.  Sin  embargo siempre lucía una sonrisa bonachona que con el tiempo fue tornándose en un agrio gesto de resignación y un crepado-rizado-permanente con tinte negro azabache; era una abuela de los 80, pegabas una patada a una piedra y aparecían miríadas de hordas idénticas en aspecto físico a ella. Y todos sabemos que estas abuelas tuvieron el mismo aspecto pasados los 90 e incluso el 2.000.

Pero...  ¿que  la  hacía  tan  especial  para  mi?  Pues  es  obvio,  era  MI  abuela,  y  en  mi  caso particular algo mas, mi madre y por ende el punto de referencia que sin lugar a dudas forjó mi carácter.

Mis primeros recuerdos son de mi abuela recogiéndome del internado de monjas en lo alto de una montaña donde estaba yo viviendo, era un orfanato aunque yo no fuese huérfano, simplemente es que mi padre se había discutido con mi madre y al no ponerse de acuerdo entre  ellos  mi  padre  tras  un  largo  periplo  intentando  endosar  sus  cuatro  hijos  decidió presentarse en casa de su madre (mi abuela) y dejarlos allí abandonados, tres niñas y yo, con edades consecutivas estando yo en medio; mi abuela inmediatamente nos internó en un orfanato a la espera de decidir que hacer y fueron pasando los años.

Aquel año recuerdo que estaba yo cenando en el orfanato haciendo lo que mas me gustaba, debía tener tres o cuatro años y mientras me tomaba ni yogur en vaso de cristal en aquella gran sala habilitada como comedor todos los
chavales mirábamos la televisión, daban "Vickie el Vikingo"
y jamás nos perdíamos un capítulo. Aquella cena fué diferente,
la retransmisión se cortó y apareció un  individuo diciendo
"españoles... Franco ha muerto". Yo no tenía ni idea de quien
era Franco ni aquel tipejo que hablaba, pero todos los chavales
percibimos que  algo  gordo  sucedía  al  ver  que  todas 
aquellas  monjas  habitualmente  joviales  y apresuradas se
detuvieron de golpe y con un silencio sepulcral miraron al suelo
durante unos largos instantes. Al poco tiempo mi abuela nos
recogió a los cuatro hermanos del orfanato, pues  alguien  había  determinado  que  debía  clausurarse  y  por  nuestra  edad  debíamos  ser escolarizados "si o si". Entonces conocí a mi abuela quien pasó a ejercer de madre durante toda su vida.
30 de Octubre de 2.015
Hace 77 años Orson Welles provocó el pánico al leer por radio La guerra de los mundos
   MI ABUELA  
 
La  primera  toma de contacto fue una desilusión  para ella, ya que  nada  mas  sacarme del orfanato nos metieron en aquel vetusto Renault-8 color marfil B-501417 ( hay recuerdos de la infancia que quedan
grabados a fuego por absurdos que parezcan )
y fuimos a un colegio de monjas donde pactaron
escolarizar a mis hermanas, luego fuimos a otro
centro llamado Sant Josep Oriol y me presentaron
al director del centro el cual era muy atento hasta
que mi abuela  preguntó  ¿y  dónde  están  los 
curas?...  y  este  respondió  "señora,  desde 
este  año  la dirección ha cambiado y ahora somos
un centro laico". Pero ya que al parecer habían pagado
ya la matrícula allí me quedé durante unos cursos.
Recuerdo pequeños flashes tales como mi abuela lavándome en la pila de la cocina como si de una bañera para mini-niños se tratase, una pila de porcelana que luego yo rompí varias veces con trece  o  quince  años  en  ataques  de  ira  y  finalmente  decidieron  substituirla  por  una  de aluminio  barato.  También  recuerdo  aquella  bata  a  rallas  del  colegio  y  la  bolsita  de  tela donde mi abuela cada mañana me metía algún sandwich o un poco de bollería para la hora del almuerzo en el patio del colegio.

Mi  abuela  era  un  pozo  sin  fondo  en  cuestión  de  paciencia,  nunca  se  enfadaba  y  siempre hallaba alternativas a cualquier incidencia, de hecho el único objeto en su vida era trabajar para que todo funcionase correctamente en la casa, lo de enfadarse era para otros.

En aquella casa vivíamos mis tres hermanas y yo, estas en una gran sala con tres camas y yo en otra habitación separada como mandaba la decencia; había en aquel viejo piso con un largo y absurdo pasillo otra habitación justo en el medio de este, una puerta con candados y precintos pegados en las juntas y firmados  con  pluma para garantizar que no habían sido manipulados, era el cuarto del que llamaban mi padre, o sea, el hijo de mi abuela; un tipo que se dedicaba a entrar y salir con grandes bultos en horarios intempestivos y al cual le importaba bien poco que bajo aquel techo habitasen sus hijos biológicos, para eso ya estaba “la  abuela”  a  la  que  todos  llamábamos  “Yaya”.  Entre  otras  muchas  estancias  que prácticamente estaban  de  adorno estaba  el  dormitorio de  mi  abuela, en  aquel  había  una inmensa  cama de matrimonio de época  donde dormía mi abuela junto con su gran amiga Margarita a la que todos llamábamos “Madrina”, pues era la titular del contrato de alquiler de la vivienda.

Mi padre acudía frecuentemente a pedirle dinero a mi abuela hasta con gritos, y si esta se lo negaba la torturaba con maldades tan retorcidas como, sabiendo que mi abuela era adicta a la Coca-Cola, vaciar en la pila de la cocina las seis botellas de dos litros delante suyo que mi abuela tenía escondidas para no pasar mono. Y no era para mejorar su salud, mientras las vaciaba  gritaba  y  reclamaba  que  le  diese  dinero,  de  vez  en  cuando  le  gritaba  ¡lesbiana! ¡furcia comecoños! Delante de sus hijos de corta edad que eramos nosotros.
El dinero entraba en la casa gracias a que mi madrina era propietaria de una academia de “administrativos”  y  tenía  un  gran  patrimonio  en casas,  chalets  y  pisos  que  arrendaba, aquella mujer acudía a la “Academia Pràctica” de buena mañana para ejercer de directora y no  volvía  hasta  bien  entrada  la  noche”,  luego  se  tomaba  el  único lujo  del  día  que  era sentarse por la noche a ver un culebrón en una de las grandes salas-comedor de aquel piso regio con una cerveza que saboreaba durante casi una hora mientras todos dormían. Frente
a los gritos de mi padre y la sensación de no ser mas que una mascota de la familia pasé muchas noches tumbado en aquel sofá junto a mi madrina, no me importaba una mierda el culebrón pero en aquella gran sala a oscuras frente a la tele me sentía acogido junto a mi madrina, siempre intercambiábamos tan solo una o dos frases y el resto lo pasábamos en silencio, pero aquellas frases siempre eran reconfortantes y me enseñaban algo.
Así  estaba  la  cosa,  los  papeles  en  mi  casa  estaban  repartidos,  a  mi  juicio  muy  mal repartidos, mi padre ejercía de niño repelente con rabietinas constantes y envidioso de sus hijos, mi madrina aportaba el soporte monetario y pegaba cuatro gritos cuando la cosa “se salía de madre” por los tequemanejes de mi padre, mi abuela se dedicaba a fregar y limpiar y NADIE se encargaba de preocuparse de lo que pensaban o lo que les sucedía a aquellos cuatro chavales.

Pero  mi  abuela  aparentaba  feliz  siguiendo  el  guión  para  el  que  parece  ser  que  la  habían programado, fregar y limpiar mucho, quejarse a todas horas de dolores, competir con las vecinas  para determinar  cual estaba  mas enferma  y  realizar  actos  sociales con  la  familia tales como bodas para presentar a sus cuatro niños a los cuales ella cuidaba.

Yo siempre consideré que algo fallaba en todo aquello, los niños estábamos asalvajados y hacíamos lo que nos venía en gana cuando y como nos venía en gana sin consecuencia alguna y mi padre era algo así como un “vampiro” que única y exclusivamente se dedicaba a minar los recursos  de  la  familia  pidiendo  y  pidiendo;  de  hecho  mi  abuela  fue  convenciendo progresivamente  a  mi  madrina  para  que  con  el  paso  de  los  años  esta  fuese  vendiendo  el patrimonio  y  así  poder  satisfacer  los  caprichos  de  este,  un  coche,  otro  coche,  un  par  de millones de pesetas sin aclarar demasiado bien para qué, un piso..
Categoría: FICCIÓN NARRATIVA
Recuerdo una noche en la que mientras dormía escuché voces en la cocina contigua a mi cuarto, me asomé y mi abuela me mandó volver a la cama, pero mi curiosidad era intensa así que puse la oreja tras la puerta pudiendo averiguar que se trataba de una visita de dos personas por sorpresa, una pareja que por su edad podrían ser mis padres, así que ni corto ni perezoso  salí  del  cuarto  y  me  presenté  en  la  cocina,  ante  mi  desplante  mi  abuela  y  mi madrina tuvieron que presentármelos y por lo visto se trataba de unos chavales que ellas habían “apadrinado” años atrás y que un día marcharon a vivir a Estados Unidos en un centro llamado  “Betel”;  estos  explicaron  que  les  iba  muy  bien  y  prometieron  al  tiempo  que  se marchaban volver a visitarlas en breves años.

Mi  abuela  nunca  me  recriminó  nada,  cuando  le  dije  aquel  clásico  de  “el  profe  me  tiene manía” no puso ni un segundo en duda mi versión, ese mismo dia me cambió de colegio y en menos  de  dos  semanas  siguiendo  mi  ejemplo  ocho  compañeros  mas  de  clase  cambiaron también de colegio, ya que el “profe” no me tenía manía, simplemente era un déspota que no enseñaba nada productivo y pegaba a los alumnos; al finalizazar el curso fué despedido. Cuando  por  cosas  de la  edad llegaba  yo  borracho  de  la discoteca nunca  me  recriminaba, cuando yo hurtaba algunas monedas de su bolso para irme a jugar al salón de videojuegos se hacía la despistada (muy mal por cierto)...

Cualquiera  hubiera  pensado  que  con  este  patrón  yo  hubiera  desarrollado  una  manera  de proceder  como  la  de  mi  padre,  de  no  saber  valorar  nada  y  acomodarme  a  ser  un  niño mimado, pero sin embargo yo veia a diario el ejemplo de en lo que se había convertido mi padre, así que para bien o para mal, aprendí a valorar las cosas y saber cuando no hacer algo aunque lo tuviese a mano si consideraba que no era correcto. Supongo que intentaba aprender tomando ejemplo de todo lo que había hecho mi padre para llegar a ser como era y, en consecuencia hacía lo contrario. El caso es que tuve mis errores y mis batallas ganadas, mis tentaciones y mis fracasos, pero finalmente  mis  directrices  básicas  de  programación  se  resumieron  en  “haz  lo  correcto aunque sea difícil”, ya que era lo que hacía mi abuela. O asi lo interpreté.

Dos de mis hermanas nada mas tuvieron la edad justa “casualmente” en menos de dos meses encontraron el amor de su vida y convencieron a mi abuela para que les regalase un piso y un  coche  pagado  al contado  como  dote, la  tercera le sonsacó  la misma  dote  sin  siquiera casarse  alegando  que  de  momento  prefería  solo  vivir  con  su  marido  a  la  espera  de “exenciones fiscales”. El asunto era claro clarinete, ya casi no quedaba nada del patrimonio puesto que mi abuela lo había ido vendiendo para pagar las extorsiones de su hijo, asi que había  que  darse  prisa  para  arreglarse  la  vida  y  huir  antes  de  que  no  quedase  nada  que rascar.

Yo me planteé hacer lo mismo, sacarme una novia del bolsillo y convencer a mi abuela para que me comprase un piso y un coche, pero lo consideré indigno, llevaba años viendo como mi abuela se lo ganaba todo con sudor y muchas lágrimas y no veia correcto muñirla como a una vaca; así que yo me quedé en aquella casa conviviendo con mi abuela y mi padre el cual continuaba haciendo lo de siempre, aparecer cuando le daba la gana, guardar sus “alijos” en el cuarto y extorsionar a su madre.
Un día frente a la televisión ya de madrugada en un momento de aquellos de confidencia pregunté a mi madrina ¿y la Yaya nunca se caso?, esta me respondió que se casó, que tuvo un hijo “mi padre” pero que su marido era un mujeriego y la abandonó, entonces esta se volcó en darle todos los caprichos a su hijo hasta que finalmente se volvió a enamorar; pero aquel hombre no estaba interesado en tal asunto y hasta llegó a marcharse de la provincia para  eludir  el  acoso  de  mi  abuela,  así  que  ambas  siendo  jóvenes emprendieron un largo viaje para ir a buscar a aquel hombre el cual la volvió a rechazar, entonces mi abuela resignada se fue a vivir con su mejor amiga, mi madrina y se dedicó a centrarse en otorgar todos los caprichos a su niño, mi padre; de ahí que este acabase siendo un malcriado y posteriormente tuviese hasta insana envidia de sus propios hijos cuando vio que  su  madre  se  centraba  en  cuidarlos  a  ellos  en  lugar  de  a  el  (aunque  ya  estuviese crecidito)...
Mi abuela estaba ya desesperada y sin encontrar solución a todo aquello, un dia cuando yo tenía 17 años va y me entrega para mi cumpleaños un horroroso tren de madera de aquellos para niños de cero a tres años, y se esfuerza en insistir tajantemente que es un regalo de mi padre;  yo  le  recuerdo  que  mi  padre  aparte  de  pegarme  de  pequeño  y  hacerme  la  vida imposible de adolescente no ha hecho nada mas
Tan voluble e in influenciable era que mis tres hermanas iban siembre a la última moda a cada cual mas “hortera”, cara ropa, pijotería hablando casi con un huevo en la boca etc... para  ellas  una  tarde  en  una  pizzería  con  los  colegas  era  “cutre”,  que  menos  que  un restaurante  que  aparezca  en  una  buena  guía...  para  ello  literalmente  “sablaban”  a  mi abuela, cuatro arrumacos, dos “te quiero” y ¡hala! Veinte mil pesetas para pasar la tarde y “seguimos para bingo” dilapidando el patrimonio. Yo no sabía si pecaba de tonto pero me gustaba ganarme las cosas, así que prefería trabajar para tener mi propio dinero, hasta dejé los estudios con tal propósito (eso y que me aburría soberanamente en las aulas), no es que no me gustasen los libros, de hecho creo que no he dejado de estudiar, aunque sea por mi cuenta en toda mi vida.
Segunda Parte