¿tienes miedo a la muerte?
March 1, 2012 at 7:58

LA MUERTE DE SÓCRATES
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¿tienes la conciencia tranquila? ¿o le tienes miedo a la muerte?
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Hace muuuuuuuuchos años vivió un hombre que fué juzgado y condenado a muerte, este hombre podía haber evitado la ejecución de la condena mediante un pago, pues si en algo destacaba el sistema administrativo y legal de la antigua Grecia era por el caos y la corrupción. Tanto era así que los jurados se componían de hasta 500 personas, para evitar que fueran sobornados.

NO LO HIZO Y PREFIRIÓ MORIR aduciendo que el juicio pese a no haber sido justo, había sido legal, y por eso en lugar de hacer trampas prefería acatar la sentencia.

La condena constaba en obligarle a beber cicuta, un veneno mortal de necesidad.

Estuvo un mes en la cárcel esperando su momento, durante este tiempo habló con los suyos, los cuales no salían de su asombro observando su serenidad; arregló sus asuntos antes de que llegase su final y llegó el día señalado.

Bebió la cicuta y se tapó la cabeza con un paño mientras los suyos sufrían al mirarle, entonces se destapó la cabeza y alarmado dijo  a los suyos ¡¡¡ me he olvidado del gallo !!! ¡¡¡acordaos de pagar el gallo que debo !!!

Este hombre no estaba loco, de hecho está reconocido como uno de los hombres más sabios de la historia de la humanidad, este hombre nunca charló con ningún                  (gran maestro  y filósofo japonés) ni leyó La Biblia, ni se había cruzado con Gandhi; en cambio dió una lección muriendo serenamente, sin temor.

Porque murió con los deberes hechos, por lo tanto con la conciencia tranquila.

¿tienes tu la conciencia tranquila? ¿o tienes miedo a la muerte?

Todos somos humanos y por ello todos cometemos errores, eso es inevitable ,pero también es obligatorio rectificar. Leí una vez que un cura escribió "pecar es ser infiel a tí mismo".

De una u otra manera todos sabemos lo que es correcto y lo que no, dá igual si somos indígenas de la Amazonia o matemáticos noruegos, la conciencia humana es algo universal que está dentro de nuestra alma,frecuentemente nos autoengañamos para hacer cosas incorrectas justificándolo para así no sentirnos mal ...pero sabemos que esas cosas están mal, por ende sabemos que estamos siendo infieles a nosotros mismos, es entonces cuando tenemos MIEDO A LA MUERTE; ya sea por temor a ir al infierno, reencarnarnos en un ser indigno, vagar eternamente como espíritus errantes o simplemente por desconocimiento a lo que viene después, y la duda de si nuestros malos actos nos pasarán factura.

¿tienes tu la conciencia tranquila? ¿o tienes miedo a la muerte?

Este hombre tenía la conciencia tranquila, por lo que no le tuvo ningún miedo a la muerte.

¿tienes tu la conciencia tranquila? ¿o le tienes miedo a la muerte?

Ya eres mayorcito y sabes diferenciar entre lo que está bien y lo que está mal, no necesitas que nadie te lo explique, no te engañes a tí mismo disfrazando las cosas para poder hacer cosas que sabes que no son correctas sin sentimiento de culpa ...sabes que eres infiel a tí mismo. Sin la conciencia tranquila seguirás teniendo miedo a la muerte.

¿tienes tu la conciencia tranquila? ¿o tienes miedo a la muerte?
Parroquia San Juan Bautista:
El Señor es mi pastor; nada me falta.

En verdes praderas me hace descansar, a las aguas tranquilas me conduce, me da nuevas fuerzas y me lleva por caminos rectos, haciendo honor a su nombre.

Aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno, porque tú, Señor, estás conmigo; tu vara y tu bastón me inspiran confianza.

Me has preparado un banquete ante los ojos de mis enemigos; has vertido perfume en mi cabeza, y has llenado mi copa a rebosar.

Tu bondad y tu amor me acompañan a lo largo de mis días, y en tu casa, oh Señor, por siempre viviré.

(Salmo 23)
March 1, 2012 at 11:15

Parroquia San Juan Bautista:
NO MÁS MUERTE

Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos. Hebreos 2,9

“La muerte”: No es un tema popular, ni siquiera entre los creyentes. En efecto, muchos se atemorizan ante ella. Hablamos de tener vida eterna, sin embargo, cuando el diablo trata de amenazar nuestra subsistencia terrenal con la enfermedad o la muerte, nos aterramos.

¿Por qué? Porque no hemos aprendido bien a mirar la muerte a través de los ojos de Dios. Aunque nuestro espíritu ha sido hecho inmortal, no hemos renovado nuestras mentes para incluir esa verdad. Si lo hubieramos hecho, cuando el diablo trata de oprimir nuestro botón del miedo, simplemente nos reiríamos y diríamos: “No me puedes atemorizar, diablo. ¡Ya he muerto para siempre en Cristo!”

Esto es cierto, la Palabra de Dios dice que nosotros como creyentes nacidos de nuevo, nunca veremos la muerte (Juan 8,51). Jesús fue su substituto. Él sufrió la muerte para que nosotros no tuviéramos que hacerlo. Hebreos 2, 14-15 nos dice que cuando Jesús fue levantado, destruyó “por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre”.

Si tenemos a Cristo como al Señor de nuestras vidas, la única muerte que experimentamos quedó atrás; ocurrió en el instante en que recibimos a Cristo. En ese momento, nuestra vieja naturaleza, aquella cuyo deseo era pecar y rebelarse contra Dios, murió. El cuerpo no murió, pero el hombre espiritual, el verdadero hombre, murió a Satanás y a todas sus obras, y esa es la fe que renovamos en la Eucaristía. Fuimos hechos criaturas nuevas (2 Corintios 5,17), inmortales y aunque llegue el día que nuestro cuerpo muera, nosotros no moriremos.

Cuando terminemos nuestra labor en la tierra, no moriremos. Simplemente nos despojaremos de nuestro cuerpo terrenal para ser transformados en el cuerpo glorioso de Cristo. Acudamos a la Palabra de Dios y a la Oración de la Iglesia para conocer la perspectiva de Dios sobre la muerte. Reflexionemos acerca de ello y una vez que empecemos a comprender la realidad de nuestra inmortalidad, el diablo nunca más podrá volvernos a amenazar con la muerte.

(Devocional cristiano)
March 1, 2012 at 11:20
Parroquia San Juan BautistaCATEQUESIS DE JUAN PABLO II
SOBRE LA CONCIENCIA DEL PECADO
8 de mayo de 2002

Conciencia del pecado como ofensa de Dios

1. El viernes de cada semana en la liturgia de las Laudes se reza el salmo 50, el Miserere, el salmo penitencial más amado, cantado y meditado; se trata de un himno al Dios misericordioso, compuesto por un pecador arrepentido. En una catequesis anterior ya hemos presentado el marco general de esta gran plegaria. Ante todo se entra en la región tenebrosa del pecado para infundirle la luz del arrepentimiento humano y del perdón divino (cf. vv. 3-11). Luego se pasa a exaltar el don de la gracia divina, que transforma y renueva el espíritu y el corazón del pecador arrepentido: es una región luminosa, llena de esperanza y confianza (cf. vv. 12-21).

En esta catequesis haremos algunas consideraciones sobre la primera parte del salmo 50, profundizando en algunos aspectos. Sin embargo, al inicio quisiéramos proponer la estupenda proclamación divina del Sinaí, que es casi el retrato del Dios cantado por el Miserere: "Señor, Señor, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado" (Ex 34, 6-7).

2. La invocación inicial se eleva a Dios para obtener el don de la purificación que vuelva -como decía el profeta Isaías- "blancos como la nieve" y "como la lana" los pecados, en sí mismos "como la grana", "rojos como la púrpura" (cf. Is 1, 18). El salmista confiesa su pecado de modo neto y sin vacilar: "Reconozco mi culpa (...). Contra ti, contra ti solo pequé; cometí la maldad que aborreces" (Sal 50, 5-6).

Así pues, entra en escena la conciencia personal del pecador, dispuesto a percibir claramente el mal cometido. Es una experiencia que implica libertad y responsabilidad, y lo lleva a admitir que rompió un vínculo para construir una opción de vida alternativa respecto de la palabra de Dios. De ahí se sigue una decisión radical de cambio. Todo esto se halla incluido en aquel "reconocer", un verbo que en hebreo no sólo entraña una adhesión intelectual, sino también una opción vital.

Es lo que, por desgracia, muchos no realizan, como nos advierte Orígenes: "Hay algunos que, después de pecar, se quedan totalmente tranquilos, no se preocupan para nada de su pecado y no toman conciencia de haber obrado mal, sino que viven como si no hubieran hecho nada malo. Estos no pueden decir: "Tengo siempre presente mi pecado". En cambio, una persona que, después de pecar, se consume y aflige por su pecado, le remuerde la conciencia, y se entabla en su interior una lucha continua, puede decir con razón: "no tienen descanso mis huesos a causa de mis pecados" (Sal 37, 4)... Así, cuando ponemos ante los ojos de nuestro corazón los pecados que hemos cometido, los repasamos uno a uno, los reconocemos, nos avergonzamos y arrepentimos de ellos, entonces desconcertados y aterrados podemos decir con razón: "no tienen descanso mis huesos a causa de mis pecados"" (Homilía sobre el Salmo 37). Por consiguiente, el reconocimiento y la conciencia del pecado son fruto de una sensibilidad adquirida gracias a la luz de la palabra de Dios.

3. En la confesión del Miserere se pone de relieve un aspecto muy importante: el pecado no se ve sólo en su dimensión personal y "psicológica", sino que se presenta sobre todo en su índole teológica. "Contra ti, contra ti solo pequé" (Sal 50, 6), exclama el pecador, al que la tradición ha identificado con David, consciente de su adulterio cometido con Betsabé tras la denuncia del profeta Natán contra ese crimen y el del asesinato del marido de ella, Urías (cf. v. 2; 2 Sm 11-12).

Por tanto, el pecado no es una mera cuestión psicológica o social; es un acontecimiento que afecta a la relación con Dios, violando su ley, rechazando su proyecto en la historia, alterando la escala de valores y "confundiendo las tinieblas con la luz y la luz con las tinieblas", es decir, "llamando bien al mal y mal al bien" (cf. Is 5, 20). El pecado, antes de ser una posible injusticia contra el hombre, es una traición a Dios. Son emblemáticas las palabras que el hijo pródigo de bienes pronuncia ante su padre pródigo de amor: "Padre, he pecado contra el cielo -es decir, contra Dios- y contra ti" (Lc 15, 21).

4. En este punto el salmista introduce otro aspecto, vinculado más directamente con la realidad humana. Es una frase que ha suscitado muchas interpretaciones y que se ha relacionado también con la doctrina del pecado original: "Mira, en la culpa nací; pecador me concibió mi madre" (Sal 50, 7). El orante quiere indicar la presencia del mal en todo nuestro ser, como es evidente por la mención de la concepción y del nacimiento, un modo de expresar toda la existencia partiendo de su fuente. Sin embargo, el salmista no vincula formalmente esta situación al pecado de Adán y Eva, es decir, no habla de modo explícito de pecado original.

En cualquier caso, queda claro que, según el texto del Salmo, el mal anida en el corazón mismo del hombre, es inherente a su realidad histórica y por esto es decisiva la petición de la intervención de la gracia divina. El poder del amor de Dios es superior al del pecado, el río impetuoso del mal tiene menos fuerza que el agua fecunda del perdón. "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rm 5, 20).

5. Por este camino la teología del pecado original y toda la visión bíblica del hombre pecador son evocadas indirectamente con palabras que permiten vislumbrar al mismo tiempo la luz de la gracia y de la salvación.

Como tendremos ocasión de descubrir más adelante, al volver sobre este salmo y sobre los versículos sucesivos, la confesión de la culpa y la conciencia de la propia miseria no desembocan en el terror o en la pesadilla del juicio, sino en la esperanza de la purificación, de la liberación y de la nueva creación.

En efecto, Dios nos salva "no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador" (Tt 3, 5-6).
March 1, 2012 at 11:21

Parroquia San Juan Bautista:
CATEQUESIS DE JUAN PABLO II
SOBRE EL CREDO (EL TEMOR DE DIOS)
11 DE JUNIO DE 1989

1. Hoy deseo completar con vosotros la reflexión sobre los dones del Espíritu Santo. El Ultimo, en el orden de enumeración de estos dones, es el don de temor de Dios.

La Sagrada Escritura afirma que "Principio del saber, es el temor de Yahveh" (Sal 110/111, 10; Pr 1, 7). ¿Pero de que temor se trata? No ciertamente de ese «miedo de Dios» que impulsa a evitar pensar o acordarse de El, como de algo que turba e inquieta. Ese fue el estado de ánimo que, según la Biblia, impulsó a nuestros progenitores, después del pecado, a «ocultarse de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín» (Gen 3, 8); este fue también el sentimiento del siervo infiel y malvado de la parábola evangélica, que escondió bajo tierra el talento recibido (cfr Mt 25, 18. 26).

Pero este concepto del temor-miedo no es el verdadero concepto del temor-don del Espíritu. Aquí se trata de algo mucho más noble y sublime: es el sentimiento sincero y trémulo que el hombre experimenta frente a la tremenda malestas de Dios, especialmente cuando reflexiona sobre las propias infidelidades y sobre el peligro de ser «encontrado falto de peso» (Dn 5, 27) en el juicio eterno, del que nadie puede escapar. El creyente se presenta y se pone ante Dios con el «espíritu contrito» y con el «corazón humillado» (cfr Sal 50/51, 19), sabiendo bien que debe atender a la propia salvación «con temor y temblor» (Flp, 12). Sin embargo, esto no significa miedo irracional, sino sentido de responsabilidad y de fidelidad a su ley.

2. El Espíritu Santo asume todo este conjunto y lo eleva con el don del temor de Dios. Ciertamente ello no excluye la trepidación que nace de la conciencia de las culpas cometidas y de la perspectiva del castigo divino, pero la suaviza con la fe en la misericordia divina y con la certeza de la solicitud paterna de Dios que quiere la salvación eterna de todos. Sin embargo, con este don, el Espíritu Santo infunde en el alma sobre todo el temor filial, que es el amor de Dios: el alma se preocupa entonces de no disgustar a Dios, amado como Padre, de no ofenderlo en nada, de "permanecer" y de crecer en la caridad (cfr Jn 15, 4-7).

3. De este santo y justo temor, conjugado en el alma con el amor de Dios, depende toda la práctica de las virtudes cristianas, y especialmente de la humildad, de la templanza, de la castidad, de la mortificación de los sentidos. Recordemos la exhortación del Apóstol Pablo a sus cristianos: "Queridos míos, purifiquémonos de toda mancha de la carne y del espíritu, consumando la santificación en el temor de Dios» (2 Cor 7, 1).

Es una advertencia para todos nosotros que, a veces, con tanta facilidad transgredimos la ley de Dios, ignorando o desafiando sus castigos. Invoquemos al Espíritu Santo a fin de que infunda largamente el don del santo temor de Dios en los hombres de nuestro tiempo. Invoquémoslo por intercesión de Aquella que, al anuncio del mensaje celeste o se conturbó» (Lc 1, 29) y, aun trepidante por la inaudita responsabilidad que se le confiaba, supo pronunciar el fiat» de la fe, de la obediencia y del amor.
March 1, 2012 at 11:21

Parroquia San Juan Bautista:
Te dejo igualmente un enlace a un interesante artículo sobre el miedo a la muerte.

Actualizado 7 febrero 2011
¿Tenemos miedo a la muerte?

           Desde luego que sí. ¿Quién es aquel que no carece, del deseo de no morir? Todos sabemos que nadie se va a quedar aquí abajo; todos sabemos que el deseo de no morir nunca y quedarnos aquí abajo para siempre, es un deseo imposible de realizar. Todos sabemos, que sí, que es posible que la vida se nos aumente unos años más, cuidándonos corporalmente, no cometiendo excesos, teniendo en cuenta los avances de la medicina y la cirugía, y aprovechándonos de todo esto, pero también sabemos, que vencer a la muerte definitivamente jamás se logrará por medios de carácter material, sino solo por medios del orden espiritual. Solo hay un camino para vencer a la muerte, y este camino, con más o menos detalles y precisión, lo conocen los que practican la amistad con el Señor, y puede conocerlo, cualquiera que quiera entrar en el rebaño divino, las puertas de este redil, se encuentran siempre abiertas, tal como es la voluntad del Pastor.

            Son pocas muy pocas, las personas que logran dominar, el temor a la muerte, pero existen y las hay. La mayoría de las personas, con más o menos intensidad, a todas les domina esa angustia de que han de morir. Por supuesto el temor a la muerte es directamente proporcional, por un lado, a la edad que tenga la persona y por otro, a su grado de intimidad en su relación espiritual con el Señor. A ninguna otra realidad del mundo le ofrece la mente humana, tanta resistencia, como a la muerte y por resistirla de esta manera tan feróz, la transforma en el enemigo por antonomasia de la humanidad y, por ende, soberana del mundo y este temor crece y crece en la persona, en la medida en la que se la rechaza y a su vez se le va acercando al hombre la incierta fecha, en la que acabará su vida.

            Para I. Larrañaga, es el mismo hombre y solo él, el que da a luz a este fantasma al que quiere eliminar de su mente, no pensando en él. Pero no es esta la opinión de Leo Trese, que escribe: “El miedo a la muerte es algo saludable, es un mecanismo de autodefensa con el que Dios nos ha dotado para que vivamos el tiempo que tengamos que vivir. Si no fuese por ese miedo a morir. Asumiríamos riesgos innecesarios y apenas nos cuidaríamos de mantener la salud”.

            En el hombre, su conducta está determinada por su escala de valores. Su escala de valores, en general desgraciadamente, considera fundamental su cuerpo y accesoria su alma. En consecuencia, es fundamental cuidar su cuerpo antes que su alma; alimentar su cuerpo antes que su alma; desarrollar su cuerpo antes que su alma; el actúa más en función de lo que su cuerpo le pide, sin atender a su alma. Su cuerpo morirá y se pudrirá, sin perjuicio de la futura resurrección de la carne, pero su alma es inmortal, jamás morirá, porque la materia al no ser simple siempre se descompone y desaparece, en cambio el alma, al ser un simple elemento del orden espiritual, nunca se descompondrá, y siempre vivirá para su gracia o desgracia, en el cielo o en el infierno. De aquí el temor a la muerte, de aquel que solo se ha preocupado en vida de su cuerpo. Porque al preocuparse solo de la seguridad de su cuerpo no le ha quitado las legañas a los ojos de su alma y solo ve con los ojos de su cuerpo, y lo que ve le crea una falta de seguridad en lo que le espera, lo que a su vez alimenta el temor a la muerte. Cuanto mayor cuidado hayamos dado en vida a nuestra alma, menos temor tendremos a la muerte.

            Rico Pavés, es un profesor especializado en temas de escatología y con referencia al temor a la muerte escribe: “Podemos señalar algunas razones de esa repugnancia a la muerte. En primer lugar la muerte escinde al hombre intrínsecamente; afecta a la persona aunque el alma sobreviva después de la muerte. En segundo lugar, la muerte existe, en el orden histórico, contra la voluntad de Dios. Lo recuerda San Pablo al afirmar que la muerte entró en el mundo por el pecado de Adán: “Por lo tanto, por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron”. (Rm 5,12); “Porque el salario del pecado es la muerte, mientras que el don gratuito de Dios es la Vida eterna, en Cristo Jesús, nuestro Señor”. (Rm 6,23). Si el hombre no hubiera pecado habría sido sustraído de la muerte corporal”.

           Se acostumbra a decir, que absolutamente todo el mundo tiene miedo a la muerte, y que hasta Nuestro Señor lo tuvo, amparándose esta afirmación, en esta cita evangélica de lo ocurrido en Getsemaní: “Y tomando a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y angustiarse. Entonces les dijo: Triste esta mi alma hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo. Y adelantándose un poco, se postro sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío si es posible, que pase de mi este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero, sino como quieres tu”. (Mt 26,37-39).

           Como ya explicábamos en una glosa anterior, es muy posible que la Agonía en el Huerto de Getsemaní le ocasionara al Señor, mayores sufrimientos incluso que el dolor físico de la crucifixión, y quizás sumió a su alma en regiones de las más oscuras tinieblas, que ningún otro momento de la pasión sufrió, con excepción tal vez, de cuando en la cruz clamó: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). Eran sufrimientos psíquicos no materiales. Santa Catalina de Siena y el Beato Raimundo de Capúa, interpretan la frase de “que pase de mí este cáliz”, refiriéndose no a los futuros sufrimientos físicos de la Pasión y Crucifixión, sino a los sufrimientos psíquicos que estaba soportando, por razón de todos los pecados de todos los hombre de todos los tiempos. Para Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa pontificia, “La verdadera pasión de Jesús es la que no se ve, la que le hizo exclamar en Getsemaní: “Me muero de tristeza” (Mc 14,34)”.

           El Señor no expresó miedo a la muerte por que Él era, es, tenía que ser y tiene, una perfecta unión con el Padre y el Espíritu Santo en ese lazo del amor recíproco que media en la Santísima Trinidad y además, tal como explica San Juan en la primera epístola suya: "No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amemos, porque él nos amó primero”. (1Jn 4,18-19). El Señor era y es puro amor y donde hay amor no puede haber temor.

            Para San Alfonso María Ligorio: “Mirada la muerte a la luz de este mundo nos espanta e inspira temor, pero con la luz de la fe es deseable y consoladora. Horrible parece a los pecadores; pero a los justos se muestra preciosa y amable”. La clave para vencer el miedo a la muerte, fundamentalmente se encuentra en la fe. La falta de fe o el hecho de que esta sea débil, facilita la existencia del temor a la muerte. Bien es verdad que se puede tener fe y temor a la muerte, pero en la medida en que aumente en un alma la fe, aumentará también al unísono la esperanza y el amor a Dios y las tres virtudes fuertemente arraigadas en un alma empiezan debilitando el temor a la muerte y acaban por eliminarlo.

           Ya hemos visto las palabras de San Juan en su primera epístola: "No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor”. (1Jn 4,18-19). Es indudable que el miedo a la muerte se debilita, en la medida en que aumenta la fe de una persona. Lo que nos ocurre es que creemos tener fe, y al más mínimo embate que se le haga a esta fe, que creemos se inamovible, resulta que se nos mueve. Nunca olvidemos que si de verdad creemos, todos dispondremos de gracias más que suficientes, para hacer frente al temor a la muerte, en el resto de vida que nos quede y sobre todo cuando llegue el momento decisivo, para el cual hay que estar preparados, pues el maligno, al ver que se le escapa un alma, está dispuesto a echar toda la carne en el asador.

            Santa Teresa de Lisieux, se preguntaba: “¿Por qué tendría yo que tener miedo, de alguien a quien tanto amo? Se puede tener miedo de lo que precede, pero no al instante de la muerte, a no ser que no se ame al Señor”. “El amor perfecto destierra el temor, pero lo que nos ocurre, es que no hemos llegado hasta ahí, y es un gran peligro querer ser liberados de todo temor a la muerte por cualquier otro medio que no sea el del amor perfecto al Señor. Mientras tanto, hasta que logremos este objetivo, cultivemos el coraje de tener miedo, escribe el P. Molinié. Hay quienes como Thomás Merton piensan. “¿Por qué voy a angustiarme por la pérdida de una vida corporal que inevitablemente tengo que perder, mientras poseo una vida y una identidad espiritual que no se pueden perder, en contra de mi deseo?”.

            Para alguien que nos mire desde fuera de este mundo, no comprenderá nuestro temor a muerte, si es que nos atenemos al contenido de nuestra fe, según la cual es mucho mejor lo que nos espera que lo que aquí abajo tenemos. Parece que la muerte de amor para el creyente, habría de ser algo más que deleitosa: tendría que ser lo normal. ¿Por qué sin embargo, el cristiano no muere de amor, de ansias por reunirse con el Amado? San Francisco de Sales enumera los cuatro motivos que hacen que un pedazo de hierro no sea atraído por un imán: bien sea porque se interpuso un diamante, o porque el hierro está engrasado, o porque pesa excesivamente, o porque se halla demasiado lejos. Es decir: o porque el alma está apegada a las riquezas, o porque está sumida en placeres sensuales, o porque el amor propio que es un muy pesado lastre, o simplemente a causa de esa distancia que todo pecado introduce entre Dios y el alma.

           Para Henry Nouwen, quien se ha encontrado con Dios no se preocupa por el futuro. Quien aprendió a vivir en la gran Luz, ya no está preocupado por saber si la Luz seguirá allá mañana... La necesidad de hacer preguntas escépticas acerca de la vida futura parece desaparecer a medida que la Luz divina se transforma en una realidad en nuestra vida diaria.

            Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

Otras glosas o libros del autor relacionados con este tema.

-        Libro. DEL MÁS ACÁ AL MÁS ALLÁ. Isbn. 978-84-611-5491-3.

-        Temor a la muerte y al sufrimiento. Glosa del 27-11-09
FUENTE: http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=13573
Dios te bendiga amigo
March 1, 2012 at 11:25


Edgar Punset:
También hay escrito por ahí "el señor es mi camino, no te tengo miedo"
March 1, 2012 at 17:3
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Consuelo Medina:
no le tengo miedo, mi conciencia está tranquila
March 2, 2012 at 3:24